Día de Suerte

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el_yoyo Posted:

- ¡Coño!

Fue lo único que atiné a decir cuando, al mirar hacia la calle a través de la vidriera, la vi acercarse. Tiré un billete de veinte euros sobre la barra y eché a correr zigzagueando entre las mesas sin esperar el vuelto. Es la hora pico, el café comienza a llenarse con los empleados de las oficinas cercanas. Los conozco a todos aún cuando nunca ha mediado entre nosotros más que un frío saludo; es más, me atrevería a hacer una lista con sus caras, sus ropas y el orden en que llegan y se van. Las mismas caras día tras día ocupan las mismas mesas. Soy también cliente habitual, no porque sea tan buena la comida, ni barata, ni aún porque me quede cerca el local al que tengo que venir en carro a la hora de mayor tráfico en la ciudad y a veces, como hoy, pierdo media hora buscando un hueco donde aparcar. Pero sigo viniendo porque la mayoría de los clientes son mujeres que, como París, bien valen una misa.

A cada paso debo detener mi carrera. Una silla atravesada en el camino, dos amigas que se saludan, un camarero que viene con una enorme bandeja eternizan mi viaje hasta la puerta. Sin embargo, más allá de la plaza, ella ya casi llega.
Un grupo de personas conversan animadamente y bloquean la puerta. Son empleados de la oficina de correos, lo sé por el uniforme. Bloquean olímpicamente la puerta a la espera de alguien que ha quedado retrasado. Una vez completo el grupo empujan la puerta sin mirar por donde van, con tan mala suerte que el portazo me da en plena cara. -¡Perdón!- Ha dicho la culpable, pero yo no tengo tiempo para perdones. Entran sin prisas, no veo el momento en que el último de ellos acabe de pasar y cuando lo hace, me lanzo en loco galope con la nariz sangrante, hacia el exterior. Salto por encima de los bancos, atravieso fuentes y… y cruzo entre la señora a mi derecha y el perrito a la izquierda, sin percatarme que ambos están unidos por una correa. Del tirón, el perro sale volando y arrastra consigo la cuerda escapada de las manos de su dueña. Hace un estruendo enorme el perruno proyectil al extrellarse contra el escaparate de una tienda y luego cae al suelo sin decir ni pío (o jau para ser más exactos). ¡Asesino, ha matado a mi perro! -me dice la señora- ¡Haga algo! ¿Qué puedo hacer yo? ¿Darle boca a boca a un perro difunto? Al concierto se unió el dueño de la tienda, un chino que de tanto gritar sacó del shock al perro y me salva de ser linchado por la anciana.

La veo a ella llegar y emprendo nuevamente la carrera. Llego sin aliento frente a ella. Tal aventura no me había dejado tiempo para inventar una disculpa ni ensayar cara de santo. Podría decirle que luce más bella que nunca en el uniforme, o sencillamente jurarle que cuando yo aparqué aquí, ese edificio no estaba allí. Pero ella adivina el torrente de mentiras que preparo, mira el enorme portón, luego al auto y por último a mí con expresión incrédula. Mejor dejo que Dios obre por mí.

- ¿Es suyo el coche?

Asiento en silencio con cara de niño sorprendido por su madre, pero ella ni me mira. Arranca la hoja en la que había estado escribiendo hasta el momento, me la entrega y continua su camino diciendo “buenos días”.

Hay días malos y este es uno de ellos. En menos de dos minuots acabo de pagar veinte euros por un capuchino, me rompieron la nariz de un portazo, casi rompo una vidriera usando un perro como proyectil y pa´ redondear:  ¡Cincuenta euros por aparcar a la salida del cuartel de bomberos!

- ¡Mala suerte!

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